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diabluras en el trabajo PDF Print E-mail
Written by Eddie   
Thursday, 11 October 2007

diabluras en el trabajo

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Soy una mujer atractiva de veintitrés años de edad recién cumplidos, trigueña, de piel color mate, de 1.69 metros de estatura, pelo castaño, rizado y largo hasta la medianía de la espalda. Dicen que tengo piernas bonitas y un par de pechos muy llamativos. Mi derrière, trasero o culo no es un muy grande, pero redondeado, paradito y carnoso. Los hombres lo hallan apetitoso y se empeñan en toquetearlo a como dé lugar.

Nací en España, pero vivo en Venezuela, pues mi padre es diplomático de carrera y lo destinaron a Caracas hace un par de años. Trabajo en una empresa de capitales españoles. En esta compañía hay unas 350 personas en un edificio de quince pisos, la mayoría de tales empleados son hombres muy guapos —cada uno tiene su atractivo si uno lo quiere ver— y me dedico a vestirme muy provocativa y sensual para causar su atención y su deseo. Pero no soy una calientapollas, como dirían en mi país, pues me como, sexualmente, a quienes seduzco.

En las mañanas me visto como una putilla que quiere enganchar clientes, solamente que mis "clientes" son los hombres de mi oficina y el pago es mi placer. ¡Ay, madre mía! Es que soy tan ardiente, tan cachonda, tan caliente. Nunca rehúso una buena follada. Utilizo sujetadores pequeños y semitransparentes que dejan entrever mis pechos y mis pezones a través de mi blusa. Algunas veces, sencillamente no utilizo sostenes y me coloco camisetas ajustadas de algodón para que mis pezones, habitualmente erectos, se distingan de lejos y despierten deseos, levanten penes, atraigan miradas lúbricas y uno que otro manoseo tenue, como al descuido.

Casi siempre mis blusas son escotadas o tienen botones que están estratégicamente desabrochados. Mi entrepierna se humedece de verlos inclinarse sobre mis pechos, tratando de mirar más y más, mientras el bulto de su pene crece bajo sus pantalones —pero, repito, no soy sólo una calientapollas ni hiervo la sangre del deseo sexual de mis compañeros de trabajo para dejarlos con las ganas después. Lo que ofrezco, lo cumplo con creces. Mi prestigio y reputa…ción así lo señalan.

Mis faldas son cortitas y, casi siempre, muy ajustadas. Si uso vestidos con faldas debajo la rodilla, son con amplias aberturas laterales que dejan ver mis piernas cuando camino y, especialmente, cuando me siento. Al mirarme por detrás, mis "clientes" pueden ver cómo apenas se nota la forma de mis bragas, tipo diminuta tanga, se transparentan mis faldas y dejan atisbar mi trasero redondeado y respingón, porque sé que eso les calienta y pone mucho.

En ocasiones entro a una oficina donde hay varios varones, reconocidamente calientes, por el sólo placer de excitarlos, de confundirlos y, porqué no decirlo, de recrearlos. Siempre trato de presentarme como una fruta joven e inocente, con la voz baja, susurrante y ronroneando como gatita regalona. Juego a ser esa mezcla de santita y putita que todos los machos sueñan poseer y que yo reservo solamente para mis escogidos. Y mis elegidos son hombres atractivos, casados —saben más rico— y, preferentemente, aquellos que vienen a la ciudad en forma regular, pero que viven en las afueras, como en alguna de las Islas Margarita, por ejemplo.

La empresa en que laboro se dedica a la comercialización de productos de alta demanda nacional e internacional. Por esta razón tenemos clientes que vienen desde otras ciudades y países en forma habitual y en ellos encuentro abundante material masculino para satisfacer mis amplias necesidades sexuales.

Porque si bien el sexo que tengo con mi novio es satisfactorio, mi naturaleza candente necesita no sólo de la admiración y el deseo de otros hombres, sino también de un juego de conquista y seducción que me ofrezca, al final, un buen pene que perfore mis agujeritos hasta hacerme gritar de placer. Tampoco le hago ascos o desprecio a una verga que pueda mamar hasta extraer la última gotita de leche. Y si es madurita y bien entrenada, mejor.

Cada cual, según el varón y/o cómo se presenten las circunstancias, me da cosas distintas, ricas y deleitosas. Ha habido muchos días en que he follado con dos o más hombres distintos y ninguno de ellos —ni nadie— ha sospechado nada del otro ni de mí. Es verdad que soy un poquillo ligera de cascos y caradura, pero son mis genes, mi genoma. No es mi culpa, no lo puedo evitar (ni quiero).

Hay en esta compañía un vendedor muy guapo que había estado intentando seducirme algún tiempo atrás, pero no me había apetecido en aquel entonces (una ventaja de las mujeres que lo hacemos cuando queremos a diferencia de los varones que lo hacen cuando pueden). El martes estaba leyendo un correo electrónico muy cachondo de alguna de mis conquistas y, de pronto, aparece sorpresivamente él, Paco. Se queda mirándome con una sonrisita coqueta, galante y me dice:

— "María de los Ángeles, se te ve sofocada.", — ¿se imaginan mi vergüenza?

No sé si estaba más ruborizada por la calentura o por el corte. Lo miré como una tonta y le dije:

—"Paco, que sorpresa, siéntate por favor".

Me levanté del sillón y le di dos cachondos besotes en sus mejillas, pegué y refregué mis tetas en su pecho y retorné a mi ubicación original.

El se quedó atónito, pasmado y en silencio unos segundos, bajó la mirada hasta mis tetas y, sin dejar de otearlas, me indicó:

—"Aquí estoy, un poco acalorado, pero muy bien, cariño, muchas gracias...", —contestó con tanta malicia y picardía que me conmocioné enterita.

Aquel día me puse una blusa roja muy escotada, una minifalda negra imitación cuero y botas cortas de idéntico color y material que la pollera. Paco permaneció un rato platicando, apreciando mi provocativa tenida, sin quitarme la vista de mis pechos y mis pezones que estaban paraditos con la excitación. Yo apoyé mis codos en el escritorio, mientras conversábamos, para ofrecerle una visión completa de mi sugerente regazo. Y vaya que lo aprovechó, no dejó de mirarme los pechos con lujuria y deseos manifiestos durante el rato que hablamos. Al final eché hacia atrás mi silla, como para despedirme, pero en realidad quería ser también generosa con mis piernas, escasamente cubiertas con la minifalda. El se inclinó para darme un beso en la mejilla y otear mis muslos. Me envolvió el aroma de un perfume intensamente masculino y estimulante. Casi sin darme cuenta de lo que hacía, le ofrecí mi boca en lugar de mi mejilla para su beso de despedida y nos besamos justo en los labios. ¿han visto gesto más cachondo que aquél entre dos que están coqueteando?

Cuando por fin se marchó, quedé enteramente mojada, entre el correo que leía y mi reciente escarceo no había cómo estar seca. Luego, una media hora más tarde, me llamó Paco por teléfono para que almorzáramos juntos. Yo acepté encantada. Me maquillé, peiné, perfumé y cambié de calzones, por unos secos.

Pasado el mediodía, me recogió en mi oficina y me ofreció, gentilmente, el brazo. Venía muy elegante, de traje y corbata de gran finura, lo que es inusual acá por lo caluroso del clima predominante por estos lares, sobre todo en verano. Lo consideré una delicadeza hacia mí. Fuimos caminando y charlando hasta el restaurante de un hotel elegante que hay cerca y que pertenecía a una cadena europea.

Conversamos de cosas de oficina, pero la plática estaba llena de señales, de palabras o gestos rebosantes de significado erótico. Ese coqueteo tan íntimo y sensual, que a mí me fascina y, a veces, prolongo solamente por lo rico que es para mí.

Al final del almuerzo, me ofreció un licor de bajativo y, de buena gana, acepté un frangelico. Lo anterior no obstante ser muy poco dada a beber alcohol; una sola copita me marea y me pone alegre y risueña. Pero aún así acepté y seguimos el coqueteo. Me tomaba los dedos, de pronto me rozaba las piernas y cosas así que me iban excitando cada vez más, y yo, cada vez más risueña y relajada. De pronto, sin querer, se me salió un leve bostezo y Paco, con un gesto muy sugerente, me dijo:

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—"Angelita, ¿quieres recostarte unos momentos?".

Yo lo miré con cara de pregunta, Paco, con una sonrisa impúdica, me enseñó una llave de una habitación del hotel. Yo me reí de su audacia; él estaba seguro que íbamos a terminar metidos en la cama y había reservado una habitación en el hotel en que almorzábamos. Le reproché con coquetería su osadía y él me replicó con picardía:

—"y acaso ¿tú no querías lo mismo, María de los Ángeles o Angelita?"

Puesto que mi jefe estaba en comisión de servicios, nos levantamos de la mesa riendo y, en el ascensor, ya estaba abrazándome y besuqueándome, sin importamos que tal elevador contaba con cámara de vigilancia. Su olor era una mezcla de perfume muy varonil, coñac y cigarro por lo que no me resistí a sus caricias.

En cuanto llegamos a la suite, me guió directamente hacia la cama, en donde se reclinó a mi lado y comenzó con jugueteos, unos besos intensos, su lengua tibia recorriendo toda mi boca, revolviendo su lengua contra la mía... Luego se desplazó hacia abajo, me subió con cuidado la minifalda hasta la cintura y me sacó las braguitas suavemente. Sus dedos ásperos me rozaron la vulva y los bordes internos de los muslos; me estremecí de pies a cabeza. Entonces sumergió su cara entre mis muslos y empezó a besar mi coñito, que a esas alturas estaba completamente húmedo, anegado con mis flujos vaginales.

Sorbía mis juguitos provocándome jadeos y espasmos de placer; rozaba con sus labios mi ansioso clítoris, me separaba los labios vaginales con sus dedos y me metía la larga lengua hasta el fondo. Lamía suavecito desde el anito de mi culito hasta mi conejito. ¡Ayyy!...., fue algo supremo, la delicia total. Me corrí muy rico al menos un par de veces con su lengua en esos orgasmos como latigazos, largos e intensos, Estaba como en otro mundo, el frangelico, el almuerzo y ahora este placer del paraíso entre mis piernas abiertas... y Paco seguía y seguía dándome sexo oral incansablemente. Como ya lo dije antes, no tengo fuerza de voluntad para oponerme al goce sexual.

Reservé mis armas de placer, pues la primera vez me gusta que el hombre tome la iniciativa para conocerlo, estudiar sus flancos débiles. Además no me gusta que se asusten si me ven muy caliente o muy "putita". Los hombres suelen ser torpes con esos asuntos y, a veces, se vuelven unos brutos, así es que mis mamadas y demás delicias amatorias siempre las guardo para más adelante.

De manera que me dejaba dar goce sin reservas. Pero después de un rato, sin poder soportar más, le tomé de la cabeza y lo empujé suavemente hacia arriba, para indicarle que me penetrara de una buena vez. El entendió de inmediato y se colocó sobre mí, entre mis piernas abiertas y volvió a besarme intensamente, moviéndose y frotándose sobre mi cuerpo. Entonces sin poder contenerme, acerqué mis labios a su oído y le dije en un murmullo:

— "métemela toda, papito..."

En ese momento se produjo un silencio largo, como de segundos eternos y Paco se quedó quieto y no articulaba palabra alguna. Y ahí caí en cuenta que ¡¡¡ya me la tenia adentro!!!!. No sentía nada, nada, tenía la polla tan pequeñita que yo ni me di cuenta cuando me la metió. ¿pueden figurarse mi terrible vergüenza?

De modo que reaccioné prontamente y moviendo las caderas le dije:

—"sí, así, así... me gusta mucho" —y cosas de ese tipo para tratar de tapar el desaguisado que había hecho. El pobre Paco se corrió casi de inmediato, duró menos que pijama de novia. Fingí un orgasmo rico, para que no se sintiera tan mal. Al salirse de mí, como por descuido, le toqué su pene y puedo jurarles que era minúsculo, como un penecillo de un asiático poco dotado, como del tamaño de mi pulgar, ¿me entienden lo que les quiero decir?

Es que cuando estoy comiéndome un buen machito, pues necesito sentir una buena polla: grande, gordita, caliente y que me llene por dentro, que me duela un poquito y que cuando sale yo quiera gritar "no me la saques, papito... déjala allí a vivir...". Como decía Godzilla, el tamaño si importa, al menos, dentro de ciertos márgenes.

Como quedé tan ganosa, cuando regresé a las oficinas de la compañía, me dirigí directo a la oficina de Felipe —un macho alto, morenazo, fornido y siempre listo para usar su enorme herramienta. En el camino me desabroché dos botones superiores de la blusa y, en el ascensor, me saqué las braguitas y me solté el cabello. Parecía una leona en celo, lo que no distaba mucho de la realidad. De esta forma estaría ciento por ciento preparada para un rápido desfogue con Felipe.

Entré al despacho de Felipe y cerré la puerta con seguro tras de mi. Me senté sobre la mesa de escritorio, con las piernas ligeramente abiertas —lo justo y necesario para que Felipe se percatara que andaba sin bragas. Pipe (Felipe) me observaba, un tanto asombrado, desde un rincón de su despacho, donde se encontraba sentado frente al ordenador. Como él es todo un seguidor del lema de los boy scouts —siempre listo—, se levantó de su sillón, caminó hacia mí, me besó en la boca con fruición, y en un pispás, me sacó la blusa y el sostén. Seguidamente, colocó el buzón de voz en su teléfono móvil y en el fijo de la oficina, cerró las cortinas y se dispuso a chuparme y sobarme las tetas. Comencé a gemir ruidosamente casi al instante, Afortunadamente todos los despachos estaban insonorizados, con aislamiento acústico, no precisamente para follar tranquilos, sino que para facilitar la concentración de los ejecutivos y asegurar la privacidad de sus reuniones y comunicaciones. Mis gemidos se transformaron en aullidos cuando Pipe empezó a masajear mi hinchado clítoris. En aquel momento no pude aguantar más y dije a mi amante:

—Amorcito…, por favor, ¡métemela toda sin más dilación!

Felipe, muy obediente, se bajó los pantalones, los calzoncillos y se sacó la camisa, apuntó su gruesa y erecta polla a mi vulva y me la introdujo de un golpe.

Al principio chillé un poquito, pero Felipe se quedó quiete con su pene adentro de mi vagina y depositó una mirada lúbrica y fija, pero dulce a la vez, en mis ojos. Pasados unos segundos, comenzó a moverse con un creciente vaivén. Al poco rato, el bombeo inicial se tornó brutal y mi dicha, en placer inmensurable. Nos mantuvimos así algunos minutos hasta que, sin previo aviso, su pene explosionó en mi vagina, su semen caliente se desperdigó en esta cavidad y la inundó.

Agradecida, me hinqué frente a él y di una felación a su pene burbujeante, rezumante, con propósitos de limpieza de restos de fluidos.

El proceso de retiro de jugos lo ejecuté con destreza y prolijidad. Sin embargo la polla de Pipe había vuelto a coger una consistencia dura como piedra. Felipe, que ya había advertido aquello, me levantó y colocó boca abajo sobre la mesa de escritorio, con mi trasero expuesto a él. Abrió mis nalgas, lubricó mi esfínter anal con la mezcolanza de fluidos que contenía mi vagina y, seguidamente, puso la punta de su colosal barra de carne cruda a la entrada de mi retaguardia. Empujó e hizo ingresar la cabezota peniana en mi ano.

 

Bramé alocadamente, pero Felipe ni se inmutó. No obstante, detuvo por algunos momentos la penetración. La reanudó cuando estimó que mi recto se había adaptado al intruso visitante. La fue introduciendo sin prisa, pero sin pausa hasta que la tuvo íntegramente adentro de mi culito. Una vez en aquella situación, al igual que lo hizo previamente en su cepillada vaginal, dejó quieto su portento cárneo y comenzó a acariciar mis tetas y mi clítoris. Al cabo de breves minutos le dije, en tono rogatorio:

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—Rómpeme el culo de una buena vez, papi.

Cumpliendo mi voluntad, Felipe empezó a bombearme el culito con maestría inusitada. Yo me limitaba a decir:

—Así, así papito rico. Sigue, sigue, más fuerte. ¡qué bien lo haces papito! Sácalo y dámelo todo de nuevo, ricura mía.

Pipe bombeaba mi culo, deslizando su polla como si fuese de mantequilla. Estuvo en aquella labor varios minutos hasta que sentí una fuerte descarga de semen que colmó mis entrañas con el espeso esperma. Aquello me propició un fuerte, intenso y prolongado orgasmo y una seguidilla de alaridos, gritos anhelosos, grititos y saltitos.

En gratitud a tan lindo y esmerado "trabajo", luego de algunos momentos, me puse de rodillas frente a él y procedí a darle una mamada de película porno al pene de mi amante.

Cuando estaba afanada en aquello, suena el timbre de mi teléfono móvil —que no había tenido la precaución de apagar, como sí lo había hecho Felipe—. Cuando vi en la pantalla del aparato que quien me llamaba era mi novio, detuve la felación y contesté el teléfono:

— ¿Gonzalo? ¡Hola mi amor! ¿necesitas algo? —pregunté haciéndome la cándida y despistada.

—Por supuesto que sí María de los Ángeles. Hace media hora que te ando buscando en la oficina. Ven enseguida, por favor. —respondió mi amado novio con cierta rudeza y molestia, pues intuía en qué pasos andaba.

—Lo siento cariño, pero estoy ocupada y si me necesitas para descargarte, te sugiero que pases al cuarto de baño y te alivies manualmente. No sé a qué hora te podré atender. Chao mi vida. —colgué y apagué el aparato.

Mientras respondía la llamada, Felipe se pajeaba su tranca a todo dar. Me acerqué y tomé su cipote entre mis manos. Él dirigió su falo a mi boca y la comenzó a follar sin parar hasta que se corrió y llenó mi boca de caliente lechecita que engullí sin pensarlo dos veces.

Me vestí, besé a Felipe y le prometí volver a la brevedad. Luego, me retiré en dirección al recinto de mi oficina. Mantuve dos botones desabrochados de mi blusa el resto del día.

 

Last Updated ( Thursday, 11 October 2007 )
 
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